El gran incremento de personas que padecen trastornos de la conducta alimentaria (TCA) y las consecuencias biopsicosociales que presentan quienes los sufren, así como sus familiares, generan la necesidad de ampliar y mejorar su abordaje terapéutico. En la última década, hemos observado un aumento significativo a nivel mundial de TCA en sus diferentes variantes, considerándose un problema de salud pública según el Estudio Europeo de Epidemiología de las Enfermedades Mentales (ESEMeD), que sitúa su prevalencia europea en el 2,51% a lo largo de la vida, siendo de 3 a 8 veces más frecuente en mujeres que en hombres.

Según el DSM-IV-TR de la American Psychiatric Associaton, se describen dos trastornos específicos: la anorexia nerviosa (AN) y la bulimia nerviosa (BN). La AN se caracteriza por el rechazo a mantener el peso corporal en los valores mínimos normales. Dentro de esta patología, se distinguen dos subtipos: restrictivo (I), en el que las personas reducen su peso por la restricción de la alimentación, y compulsivo-purgativo (II), caracterizado por recurrentes atracones y conductas de purga inadecuadas. El inicio de la enfermedad se relaciona con un acontecimiento estresante y el curso es muy variable. Mientras que unas personas se recuperan después de un único episodio anoréxico, otras sufren un deterioro que deviene crónico. También puede ocurrir que al cabo del tiempo las personas con anorexia nerviosa de tipo restrictivo recurran a los atracones y conductas purgativas, cambiando al subtipo compulsivo/purgativo. Se ha encontrado que la prolongación de éste cuadro clínico en el tiempo puede permitir el cambio de diagnóstico a bulimia nerviosa. Con todo ello, se evidencia que la sintomatología que cursa con esta patología es altamente variada y dificultosa, compuesta por diferentes factores que interactúan entre sí, constituyendo un cuadro complicado que afecta a todas las áreas de la persona.

En parte, provocado por la elevada comorbilidad que presenta con otros trastornos psicopatológicos (Braun, SundayyHalmi, 1994; Salbach-Andraeet al., 2008). De hecho, se ha demostrado que el 73 % de los pacientes con AN de tipo restrictivo presentan una elevada comorbilidad con trastornos del Eje I, aumentando hasta un 82 % para los pacientes con AN de tipo purgativo. Entre las diversas patologías, los trastornos de ansiedad son los más comunes (Blinder, CamellaySanathara, 2006), siendo el trastorno obsesivo-compulsivo (Iwasaki, Matsunaga, Kiriike, TanakayMatsui, 2000) y la fobia social (Kaye, Bulik, Thornton, Barbarichy Masters, 2004) los más prevalentes. Pero también se ha observado que existe una prevalencia (entre el 31 % y el 88,9 %) de comorbilidad con trastornos del estado de ánimo, siendo el trastorno depresivo mayor el más común (Kendler, et al., 1995).

La BN se caracteriza por episodios recurrentes de voracidad seguidos por conductas compensatorias inapropiadas como el vómito provocado, el abuso de fármacos laxantes y diuréticos u otros medicamentos, así como el ayuno o el ejercicio excesivo. Se distinguen dentro de esta categoría dos subtipos: purgativo (I), en el que el individuo se provoca regularmente el vómito o uso de laxantes, diuréticos o enemas en exceso, y el no purgativo (II), que se caracteriza por utilizar otro tipo de conductas compensatorias como el ayuno o el ejercicio físico intenso. Los individuos con este tipo de patología experimentan una sensación de falta de control en el ciclo atracón-conducta purgativa, ya que éste se mantiene como una forma de aliviar los síntomas ansiosos (Gómez, 2007). De hecho, se estima que la prevalencia de trastornos de ansiedad en este tipo de pacientes es del 65 %, siendo el trastorno obsesivo-compulsivo el más prevalente (Halmiet al., 1991). Estudios retrospectivos indican que el trastorno de ansiedad precede al TCA (Kayeet al., 2004), por lo que algunos investigadores sugieren que los miedos a la evaluación social son un factor de riesgo para el desarrollo de un TCA. También se ha demostrado que existe una elevada comorbilidad con trastornos del estado de ánimo, similar a los de la AN (Iwasakiet al., 2000; Milos, Spindler, BuddebergyCrameri, 2003). La dificultad que presentan este tipo de pacientes en el control de impulsos, los elevados niveles de ansiedad y la falta de control pueden llevarles al consumo de sustancias (CarbaughySias, 2010; Thompson-Brenneret al., 2008). El consumo de drogas, como las anfetaminas, cocaína, alucinógenos, se ha mostrado más prevalente en pacientes con BN que con AN (Herzoget al., 2006).

Por otro lado, se observa que los pacientes con TCA frecuentemente presentan criterios diagnósticos de trastorno de personalidad (Godt, 2002, 2008; Martín, Cangas, Pozo, Martínez y López, 2009). Entre los diversos trastornos de la personalidad, se observa que los del clúster C se relacionan con la AN de tipo purgativo y restrictivo, siendo el trastorno de personalidad evitativo el más prevalente. Por el contrario, los trastornos de personalidad del clúster B se relacionan con la BN; el trastorno límite de personalidad es el más común. Parece ser que los pacientes con AN presentan menos trastornos de personalidad que los sujetos con BN. La elevada comorbilidad psiquiátrica en este tipo de pacientes incrementa la severidad del trastorno, su cronicidad y la resistencia al tratamiento.


Inteligencia emocional y trastornos de la conducta alimentaria

A lo largo de estos últimos años, se ha incrementado el interés sobre la inteligencia vinculada a las emociones o, lo que es lo mismo, la inteligencia emocional (IE). Los autores Mayer y Salovey (1997) la conceptualizaron en un modelo de habilidad formado por cuatro niveles: percepción y expresión emocionales, la emoción facilita el pensamiento, comprensión emocional y regulación de los estados emocionales. Éstos se organizan jerárquicamente desde los procesos psicológicos básicos hasta los procesos más complejos, entendiendo que no se puede adquirir un nivel superior hasta que no se haya superado el anterior. Asimismo, especialistas en el área han podido comprobar que los déficits emocionales son un factor de vulnerabilidad para el desarrollo y el mantenimiento de ciertas patologías, como la ansiedad, la depresión, el consumo de sustancias o los trastornos de la conducta alimentaria, entre otros.

Numerosas investigaciones han demostrado que los pacientes con TCA presentan dificultades emocionales (Harrison, Sullivan, Tchanturiay Treasure, 2009; Pascual, Etxeberría, Cruzy Echeburúa, 2011; Walleret al., 2010). Las personas con psicopatología alimentaria tienen dificultades en la identificación y la expresión de las emociones y tienden a regular sus estados emocionales negativos de forma impulsiva (Pascual et al., 2011). En concreto, las mujeres con TCA tienen una mayor tendencia a suprimir los pensamientos y sentimientos negativos, con el fin de evitar conflictos y mantener las relaciones (Thomas, 2003),de forma que la hostilidad no expresada y la tristeza son desplazadas hacia uno mismo a modo de insatisfacción con el propio cuerpo, lo que provoca una baja autoestima. De acuerdo con esta teoría, ciertos síntomas de los TCA, funcionan como estrategia de afrontamiento ante sentimientos negativos reprimidos, como la supresión de sentimientos de rabia (Walleret al., 2002). Las dificultades en la regulación de los estados afectivos negativos que presentan este tipo de pacientes provocan un aumento de la sintomatología del trastorno alimentario (Agras yTelch, 1998). Todos estos estudios apoyan que el aumento de las habilidades de regulación emocional puede incidir directamente sobre la reducción de los síntomas relacionados con la conducta alimentaria (Gupta, Rosenthal, Mancini, Cheavensi Lynch, 2008).

Por otro lado, la alexitimia o la incapacidad para identificar, comprender y expresar las emociones se relacionan estrechamente con los TCA (KiyotakiyYokoyama, 2006; Pascual, Etxebarriay Cruz, 2011; Ridout, Thomy Wallis, 2010). La relación directa que existe entre la alexitimia y la inteligencia emocional (IE) hace suponer que la IE tiene un papel importante en el desarrollo y mantenimiento de los TCA. En esta línea, las escasas investigaciones que han observado el papel de la IE en los TCA demuestran que el déficit de habilidades emocionales se asocia significativamente a sintomatología bulímica (MarkeyyVanderWal, 2007).

Aunque se ha demostrado ampliamente que los pacientes con TCA presentan dificultades emocionales y que éstas constituyen un factor de vulnerabilidad, la mayoría de los estudios aún siguen centrándose en los aspectos cognitivos y conductuales del trastorno. Este hecho podría deberse a que los síntomas del trastorno infieren directamente sobre la salud física de las personas, ya que la desnutrición y los problemas fisiológicos pueden llevar a la persona a la muerte. Sin embargo, debido al aumento de la prevalencia, la escasa efectividad de los tratamientos terapéuticos y la elevada tasa de recaídas, consideramos que deberían ampliarse las investigaciones que contemplen la influencia de las variables emocionales en el desarrollo y mantenimiento de los TCA.

Dada la relación observada entre TCA y déficits emocionales, es posible que los síntomas que caracterizan a éste tipo de pacientes sean la consecuencia visible de las dificultades en el procesamiento de la información emocional. De las escasas investigaciones realizadas, se ha demostrado que las personas con trastornos alimentarios presentan dificultades tanto en la identificación, como en la expresión verbal de las emociones. Según Chatoor (1999), cuando las personas con TCA se sienten emocionalmente tristes, ansiosas o enfadadas, son incapaces de ingerir alimentos, en el caso de la AN, o realizan conductas de atracón-purga, en el caso de la BN. Es posible que las conductas de restricción o voracidad alimentaria sean una estrategia de afrontamiento desadaptativa ante la dificultad en la regulación y la expresión de los estados emocionales negativos. Por lo tanto, cabe pensar que las habilidades emocionales tienen un papel importante en el desarrollo de los trastornos de la conducta alimentaria y deberían tenerse en cuenta tanto en su prevención, como en su evaluación y abordaje terapéuticos.


Ana Rodríguez Ruiz
Col. 16.707

Mª del Mar Cinto Gallarín
Col.19.151

Nathalie P. Lizeretti
Col. 14.081



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