Entrevista a José R. Ubieto y Marino Pérez, autores del libro Niñ@s Híper. Infancias hiperactivas, hipersexualizadas, hiperconectadas



José R. Ubieto y Marino Pérez acaban de sacar a la luz su último libro Niñ@s Híper. Infancias hiperactivas, hipersexualizadas, hiperconectadas, editado por Ned Ediciones, que se presentará en el Ateneu Barcelonès el próximo 10 de mayo de 2018.

La presentación es una excelente oportunidad para que los colegiados y colegiadas del COPC reflexionen en voz alta con los autores. La presente entrevista introduce los temas que trata el libro, para incentivar su lectura antes de asistir a la presentación o para motivar la presencia al acto de presentación. Para inscribirte a la presentación del libro, clica en este enlace a la web del COPC.


El título del libro es sugerente, emana que la contemporaneidad ha generado una nueva forma de infancia, la infancia híper. Desarrollemos las tres palabras del subtítulo en 3 breves preguntas.

¿Qué características tiene una infancia que se pueda definir como hiperactiva?

Marino Pérez
Marino Pérez: La hiperactividad es ella misma una característica de la infancia. El movimiento es un principio de la vida. Lo que se considera híper lo marcan las normas y los contextos en relación con los cuales la normal actividad infantil resulta excesiva, inadecuada o molesta. El aula va a ser un sitio en el que la normal actividad de los niños puede resultar excesiva (híper). También ciertos ámbitos familiares, donde espacios y tiempos se estrechan para los niños, pueden hacer más llamativa su hiperactividad. La normal curiosidad, exploración y deambulación puede ser un problema cuando el espacio es limitado, el tiempo escaso y las reglas poco claras. La reducción de espacios abiertos para el juego tiene que ver con la emergencia de la hiperactividad como problema.

 

¿Cuándo una infancia está hipersexualizada?

JR Ubieto José R. Ubieto: Freud constató algo que ya se sabía: los niños experimentan el placer sexual desde el inicio mismo de la vida, de manera autoerótica y a través de las satisfacciones propias del cuerpo y de sus orificios (boca, ano, mirada, voz). Pero no es hasta la pubertad, en que se produce el encuentro con el otro sexo y con otro cuerpo, que pueden empezar a entender y a subjetivar su posición sexual. Adelantar ese momento borrando el tiempo para comprender de la infancia, necesario para asumir esa nueva “identidad” sexual es hipersexualizarlos (vestirlos y tunearlos como adultos sexy, iniciarse en el porno antes de la pubertad, tener prácticas sexuales adultas...).

 

¿Cómo saber que un niño/a está hiperconectado?

José R. Ubieto: Las nuevas tecnologías favorecen que uno se conecte con otros y acceda a información, juegos, violencia, sexo, amistades…. Pero conectarse no es vincularse.  Más bien parece que a más (híper) conexión, menos vínculo. Hiperconectados son aquellos que se satisfacen (deseo, curiosidad, entretenimiento) a costa de los vínculos presenciales, que quedan así dejados de lado por ofrecer menos recompensas inmediatas, aunque sean a medio y largo plazo más solidas y positivas y menos solitarias.

 

Por tanto, ¿entre qué actores se reparte la responsabilidad de transformar la infancia de un niño/a en híper?

J.R. U: En primer lugar los padres y madres como adultos más cercanos y responsables de enseñarles a disfrutar de la vida, de su cuerpo y de las relaciones con los otros. Eso implica darles un “Sí” a sus deseos y avances pero también un “no” a los excesos destructivos (auto y hétero) que frenan su deseo de hacerse mayores y responsables de su propia vida.

En segundo lugar los profesionales del ámbito de la infancia (psi, docentes, juristas, sanitarios, tiempo libre,..) que deben acompañarles y no limitarse a etiquetarlos y domesticarlos por cualquiera de las vías existentes (adiestramiento, medicación, sugestión).

Por último la sociedad, en su conjunto y especialmente los responsables políticos e institucionales, que deben velar porque ese “interés superior del menor” se traduzca en políticas publicas que conjuguen la protección efectiva de sus derechos y el respeto a la diversidad y singularidad de situaciones y sujetos.

Con todos estos apoyos cada niño/a es asimismo responsable, en función de su edad y capacidades, de las decisiones que toma, independientemente de la imputabilidad o no de ellos por razones de edad o criterios legales. Los niñ@s tiene derechos pero también deben responder de sus actos.

 

¿Los niños/as híper son la mayor parte de los niños, son una nueva forma minoritaria de infancia o son una tendencia creciente llamada a ser la regla general?

Marino Pérez: Los niños híper son cada vez más como resultado de dos condiciones de la vida actual que se contradicen. Por un lado, los padres son cada vez menos restringentes y autoritarios dejando que los niños se “expresen” y hagan lo que quieran (según una especie de romanticismo del “buen salvaje” por el que el niño sabe lo que quiere, etc.). Por otro, los mismos padres van a ser menos tolerantes con la hiperactividad y más exigentes con el rendimiento esperando ahora que el niño sea un número uno, competente y emprendedor, como si eso surgiera espontáneamente. Al final, ese romanticismo irrestricto queda al descubierto ante las competencias que se esperan de los niños. Lo que queda es una expresividad del cuerpo que ya no se tolera ni se comprende.

 

¿Es bueno para los niños/as tener una infancia híper? ¿En qué les puede perjudicar?

J.R. U: Las infancias ideales solo existen, como decía Freud, en los recuerdos. Una buena infancia seria contraria a una infancia híper ya que sería aquella en la que los niñ@s tuvieran el tiempo suficiente, sin demasiada intrusión de los “especialistas” ni demasiada programación ni demasiados objetos, para tratar de comprender los dos enigmas de la vida infantil. Por una parte responder a la pregunta del millón: ¿Qué soy yo en el deseo del otro? O sea ¿Por qué estoy aquí, quien lo quiso y qué quiso? Eso nos ayuda a entender un poco (nunca todo) el deseo de nuestros padres. La otra pregunta: ¿cómo me las arreglo yo con mi cuerpo y mi satisfacción para desear algo propio, no heredado?

 

Cambiando de óptica, de micro a macro, ¿es beneficioso para la comunidad, para la sociedad, que las nuevas generaciones sean híper?

M.P: En la medida en que la propia sociedad fomenta lo híper (rendimiento, producción de deseos, experiencias, cambio continuo, seguidores, “me gustas”), ser híper es adaptativo. El problema es que esa misma sociedad también espera que los niños se apliquen, hagan cosas despacio, sepan esperar, pospongan las gratificaciones, etc. Para muchos sectores de la sociedad ciertamente es beneficioso ser híper (consumo, turismo, emprendimiento). La ironía es que los excesos de “hiperactividad” también benefician a quienes los convierten en enfermedad. Porque los conflictos y problemas que genera la sociedad, la misma sociedad los naturaliza como enfermedades de los individuos, en vez de asumir las contradicciones y tratar de arreglar las cosas.

 

Por tanto, ¿los educadores deben ralentizar el proceso de maduración de los niños/as híper separándolos de les “agentes aceleradores” o deben ayudarles a entenderlos y a usarlos en su provecho?

J.R. U: Los educadores, igual que los padres, deben aceptar que no lo saben ni lo pueden todo y pedir ayuda cuando lo necesiten. Aceptar que aprender es cosa de dos: ellos deben poner su deseo de enseñar (nadie transmite lo que no tiene) y el alumno su consentimiento a aprender. A partir de allí inventar, con otros, fórmulas que incluyan, como decía Marino, el movimiento en los aprendizajes. Estar todo el día sentados no parece la mejor manera de transmitir un deseo de saber. Desplazarse dentro de la clase, en la escuela y fuera reduce muchas de las conductas actualmente nombradas como “perturbadoras”, incluido el numero de niños diagnosticados de TDAH. Mejor, pues, conversar a partir de esas dos variables: deseo y movimiento que no “acelerar” sin orientación alguna.

 

El proceso de adultización de un niño/a pretende que sean como los adultos: emprendedores, dominadores de varios idiomas, creativos… (suponiendo que los adultos lo sean). ¿Cómo podemos saber los adultos como deben ser los niños/as?

J.R. U: Hanna Arendt señalaba que toda generación aporta una novedad. La primera son ellos mismos como algo que nace nuevo, pero también lo que ellos traen y que construyen partiendo de lo que encuentran, modificándolo. Nosotros no debemos predeterminar lo que serán porque la vida no es reducible a un algoritmo. Debemos más bien, transmitirles nuestro deseo, y la cultura a la que nacen, y luego acoger su novedad. No de manera acrítica –hay que cuestionar lo que sea preciso- pero tampoco descalificándola de entrada. Eso sirve muy bien para definir nuestra posición ante las tecnologías digitales y el uso que ellos hacen.

 

¿Qué tipo de regulaciones debemos introducir los adultos en el comportamiento infantil?

M.P: Si suponemos que los niños viven en una sociedad y van para adultos, los adultos debiéramos crear condiciones que faciliten la socialización, la relación con los demás, la interiorización de normas, la autorregulación, la capacidad de esperar, ciertos valores (respeto, tolerancia, solidaridad), algo que se aprende y no sale espontáneamente como crece el pelo o algo así. Todo eso se puede enseñar y aprender a través de modelos, ejemplos, reglas, reforzamiento positivo, prácticas sociales, formas de vida. Eso supone también que hay algunas cosas mejores que otras, lo que implica normas, reglas, esfuerzo, disciplina y valores, lo que no se puede dejar al azar.

 

¿Qué deben hacer los adultos para seguir siendo interlocutores válidos para esta infancia del siglo XXI?

J.R. U: Los adultos tenemos que saber articular dos elementos que pueden resultar antagónicos: en primer lugar la singularidad de cada niño/a, aquello que nos hace diferentes en gustos, capacidades o tiempos. Y luego el hecho indudable de que queremos pertenecer a un grupo y eso exige, como acaba de recordar Marino, aprender algunas normas, valores y contenidos culturales prexistentes a nuestro nacimiento. Para ello hay varios trucos: dejar que los niños se aburran (de allí nacen las invenciones), jueguen sin demasiadas ayudas (gadgets) y encontrar la manera de conversar con ellos para acompañarles como interlocutores válidos.

 

¿Hay transtornos infantiles que se sobrediagnostican? ¿Por qué?

M.P: Típicamente, es el caso del TDAH, por varias razones. Por un lado, está la presión para el diagnóstico y así etiquetar y naturalizar un problema. Por otro, está la gran facilidad y disposición para hacer el diagnóstico. La cuestión es que aun siendo un diagnóstico falaz (sin entidad clínica), cumple una variedad de funciones para diversos actores e instituciones (escuela, familia, profesionales, industria farmacéutica). Al final funciona como un discurso que satisface y armoniza distintos intereses.

 

¿Dónde pueden recurrir los padres/madres para conseguir la información necesaria para generar unas buenas condiciones para la infancia de sus hijos/as?

M.P: Estamos en la sociedad de la información y sin embargo no estamos bien informados. Uno puede quedar mareado por la avalancha de información con tal de que busque en la red. Hay hiperinformación que se superpone y contradice y hay a la vez una mengua del sentido común, que no hace fácil saber a qué atenerse. Ni siquiera el conocimiento experto es fiable, ya que también puede ser contradictorio y a veces interesado. Con todo, existen profesionales sin ir más lejos de la psicología que pueden ayudar. En general habría que desconfiar de trucos y soluciones fáciles.

 

¿Qué último consejo daríais a los padres y madres para que den una buena infancia a sus hijos?

J.R. U: Un reciente estudio, que confirma muchos otros anteriores, con 25.000 familias y adolescentes estadounidenses descubrió que el mejor factor de protección frente al fracaso escolar era que padres e hijos hablasen mientras comían juntos sin TV.  Conversar como alternativa al no querer saber, al marcarlos con una etiqueta, doparlos o llenarles la habitación de gadgets pensando que de esa manera los problemas se evaporan en la nube. Conversar es escucharles pero también darles testimonio de lo que ha sido y es la vida para nosotros mismos. Y por supuesto ayudarles a no ceder en su deseo de hacerse mayores, aunque a veces eso implique enfadarse con ellos.

 
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